Razones para abandonar las redes: el mundo académico como fuente de infelicidad.
Razones para abandonar las redes: el mundo académico como fuente de
infelicidad.
No soy nada
No puedo querer ser
nada
Aparte de esto, tengo
en mí todos los sueños del mundo (F. Pessoa, Tabaquería)
Tras la segunda lectura del libro
de Jaron Lanier “Diez Razones para borrar
tus redes sociales de inmediato”, que descubrí tras ver el documental “El dilema de las redes sociales” (The social dilema), al llegar al
capítulo titulado “Las redes sociales te
hacen infeliz”, pensé que es necesario pararse a reflexionar, dadas las
similitudes entre el funcionamiento de las redes sociales y el del mundo
académico. ¿No estará generando la forma en que actualmente se gestionan las
universidades una pandemia de infelicidad entre los académicos? ¿Qué
consecuencias puede tener ello para el futuro de nuestras sociedades?
Inicié esta reflexión con el
inicio del poema Tabaquería[1]
porque, salvo que uno/a tenga una personalidad con importantes componentes de
psicopatía, podría decirse que resume lo que toda persona que se dedica a la
academia puede sentir, en un momento u otro, llegada una cierta edad. Por más
méritos que puedas tener, ¿Quién no
siente que no es nada en comparación con los Newton o Einstein, Cervantes o
Shakespeare, Maslow o Porter, Keynes o Hayek, ¿Weber o Durkheim? Y, salvo el
1% de académicos/as que ocupa el percentil superior de la distribución de las
citas, que quizá se auto convencen de que serán recordados dentro de 100 años
como los equivalentes de nuestra época a las figuras del conocimiento
anteriormente nombradas ¿Quién no siente en algún momento que por comparación
con tantos otros/as no es nada?
Que el mundo académico sea fuente
de infelicidad no es algo que haya dado sólo desde la aparición de las redes
sociales, al fin y al cabo, es un ámbito que funcionaba en redes de prestigio,
poder y estatus desde hace bastante, lo que ha llevado al surgimiento de un
movimiento de “Slow Professors”. Aunque muchos de los rasgos que hacen del
mundo académico un ámbito especialmente proclive a la infelicidad no son
estrictamente nuevos, pues las pequeñas envidias y miserias de la condición humana
son anteriores a la generalización de las redes[2],
éstas les han dado una amplificación tan grande que no puede uno evitar
acordarse de la segunda ley de la dialéctica hegeliana: todo cambio
cuantitativo, llegado un determinado punto, conlleva un cambio cualitativo. Y
es que si bien las pequeñas disputas entre profesores/as acerca de quién la
tiene más grande (la lista de citas, o de publicaciones, obviamente) han
existido posiblemente desde que en la Edad Media aparecieron los primeros
profesores universitarios, sacadas de contexto y amplificadas por las redes
pueden alcanzar extremos que serían humorísticos si no fuera porque éste el
caldo de cultivo en el que se están formando a las personas que en el futuro
tomarán las riendas del mundo.
En la actualidad se ha convertido
que poco menos que en una frase hecha la idea de que “cuando algo es gratuito el producto eres tú”. En realidad, como
dice explícitamente Jaron Lanier en “El
dilema de las redes sociales”, pensar que cuando te dan algo gratis en
realidad lo que está sucediendo es que “el
producto eres tú” es simplista. El
producto no eres tú, sino la modificación gradual, y a menudo imperceptible, de
la conducta, de tu conducta. Lo que en su libro “Diez Razones para dejar
las redes de inmediato” Lanier (2018) denomina modelo INCORDIO (BUMMER, en el
original inglés) es un modelo en el que el duopolio actualmente existentes,
Google[3]
por un lado y Facebook (y Twitter, WhatsApp o Instagram, por otro) obtienen sus
ingentes recursos[4] a cambio de vender algo a los anunciantes. Lo que las redes venden a los anunciantes
es la certeza de que, aunque a nivel individual puede haber algún grado de
incertidumbre, a nivel colectivo pueden modificar el comportamiento de las
personas. Desde el escándalo de Cambridge Analytica en 2016 a muchos otros
ejemplos que se puedan poner, eso es lo que en realidad sucede: sin que
nosotros nos demos cuenta, las redes modifican nuestro comportamiento, en el
sentido en el que una tercera parte, cuyos objetivos son a menudo oscuros,
desea. Sí, puede que las redes no modifiquen “mi” comportamiento (todos nos
creemos un tanto inmunes) pero sí modifican “nuestro” colectivo.
Y quizá uno de los ámbitos en que
mejor se ve esto es el mundo universitario. Aunque igual que la aldea gala de
Obelix siempre hay quien se resiste, en poco más de 25 años se ha cambiado por
completo la idea de lo que ha de hacer un buen académico. Si antes se pensaba que un buen profesor(a) de universidad era quien
lograba que su alumnado aprendiera, entre otras cosas a pensar, lo que quizá directa
o indirectamente ayudara a la juventud a encontrar un buen empleo, y ése era el
“impacto” de su trabajo, hoy en día se da por sentado que el mejor profesor
universitario es el que más publicaciones con más citas tiene, obviamente en
revistas de impacto, que tienen un funcionamiento bastante similar al de las
redes. En la actualidad todos los sistemas de ránkings, de financiación y
de otras cuestiones similares parecen estar de acuerdo en una cosa: lo que los
profesores universitarios, lo que las universidades tienen que hacer es
producir muchos artículos en revistas indexadas y, a ser posible, que tengan
muchas citas. Es obvio que esto se ha acabado convirtiendo en un negocio
perfecto para compañías como Clarivate, Elsevier, Sage o Taylor and Francis.
Con los impuestos de todos, en todos los países del mundo, acabamos financiando
investigación para que unas compañías privadas se enriquezcan.
No estoy idealizando el modelo
anterior: en un mundo no tan lejano, bajo el lema de “libertad de cátedra” cada
profesor/a universitario hacía en su trabajo lo que le daba la gana. Y si bien
eso implicaba que había quien se centraba mucho en la docencia, quien daba más
importancia a la investigación y quien se centraba en la gestión, también es
innegable que había quienes habían conseguido prosperar haciendo muy poco más
que acudir a sus horas de clase (a veces ni eso, que siempre podían mandar a
algún becario/a). Lo que es innegable es que el modelo actual ha sido muy útil
para que quienes tienen el poder (rectorados, ministerios, empresas
financiadoras), siguiendo mecanismos de lo que se llama “gobierno a distancia” consigan
que los profesores no hagan en su trabajo lo que ellos mismos consideran que es
su trabajo, sino lo que desde “arriba” se considera que es su trabajo[5].
Es decir, si usted quiere dedicar más tiempo a la docencia, o a intentar hacer una
única contribución verdaderamente importante para su disciplina, hágalo (en su
tiempo libre, si quiere). Pero no se olvide de que, mientras tanto, cada año
debería sacar uno o varios articulitos (papers)
independientemente de que usted y yo sepamos que en realidad sólo estamos
engordando el modelo de las multinacionales de la publicación, y que el 95% de
lo que hoy en día se publica en revistas de impacto como “contribución
significativa al conocimiento” no aguantará el paso del tiempo. Volviendo a
citar a Pessoa.
¿Genio? En este
momento
Cien mil cerebros se
conciben en sueños tan genios como yo,
Y la historia no
marcará, ¿quién sabe?, ni a uno solo,
Ni quedará más que estiércol
de tantas conquistas futuras. (F. Pessoa, Tabaquería)
Pero volvamos al mundo de las
redes, que el objetivo de esta reflexión no es tanto el mundo académico en sí
como los mecanismos de las redes, que se hacen especialmente visibles en el
mundo académico, que nos hacen infelices. En el séptimo capítulo de su libro, titulado
“Las redes sociales te hacen infeliz”, Lanier considera los distintos motivos
por los cuales los mecanismos que subyacen a las redes nos hacen infelices,
como, por ejemplo, y cito literalmente “el
establecimiento de estándares de belleza, o de un estatus social inalcanzable,
o la vulnerabilidad ante los troles”. Si ponemos estos conceptos en el
mundo académico y los traducimos quizá se nos hará más fácil comprenderlos: “el establecimiento de estándares de
excelencia, o de un estatus inalcanzable o la vulnerabilidad ante las
falsedades”. Tanto en las redes como en el mundo académico nos están
juzgando constantemente, desde unos criterios que no necesariamente compartimos,
y desde un punto de vista global que hace que estemos constantemente sujetos a
la aprobación grupal (herd behaviour).
La frase de Lanier para explicar el funcionamiento de las redes sociales: “de pronto, junto con otra mucha gente, se
nos hace participar en una estúpida competición que a nadie le interesa”
puede aplicarse perfectamente al mundo académico.
¿Y por qué sucede así?
Recurriendo a los últimos avances en psicología evolutiva podría sugerirse que posiblemente
en la naturaleza humana hay algo que nos hace estar siempre pendiente de las
valoraciones grupales, quizá por el miedo de ser abandonados por la manada,
incluso aunque personalmente consideremos que la valoración grupal no sea
acertada. Además, el funcionamiento de las redes hace que quienes establecen
unos criterios adopten lo que Lanier denomina la “visión de Dios”, y acaben
pensando que los criterios que aplican al juzgar al resto de académicos no son
sus criterios, sino los únicos criterios posibles. Decía el sociólogo Pierre
Bourdieu que “aquellos que nos gustan
ponen en sus prácticas un gusto que no es diferente del que nosotros utilizamos
al juzgar sus prácticas”, lo que puede aplicarse, en nuestro ámbito, tanto
a los criterios que deciden quién se acredita (o no) para titular o catedrático
o qué es lo que debe publicar (o no) una revista académica[6].
El hecho de que las redes nos
hagan infelices tiene que ver con un argumento un poco más simple: si fuéramos
felices viviríamos nuestra vida y dejaríamos de preocuparnos por lo que los
demás piensen de nosotros, lo que en último término remite a un argumento
aludido (que a mí me conste) hace más de 90 años por Sigmund Freud en “El
malestar en la cultura”. Si yo me siento tranquilo y no juzgado en mi trabajo
puedo dedicarme a hacer lo que yo pienso que es lo mejor en mi trabajo. Y ahí
es donde hay un potencial peligro, especialmente en esta época de “gobierno a
distancia”. Cualquier institución que quiera modificar nuestro comportamiento
necesita hacernos sentir infelices para que seamos más susceptibles de
manipulación (modificación conductual, en la jerga behaviorista que está en la
filosofía de base de toda la evolución reciente de Internet[7].
Para terminar, explicaré esta
idea de que las redes nos hacen infelices, y en ese sentido el mundo académico
es una ilustración casi perfecta, con un ejemplo muy concreto: la progresión en
la carrera académica. Yo tengo un contrato indefinido en una universidad
pública. Si me desconecto de la red (en el sentido amplio de “lo que piensen
los demás) puede intentar hacer mi trabajo de la manera en que yo creo que
tengo que hacerlo. Pero, ¿qué tendría que hacer si quisiera progresar
profesionalmente? Parece que un paso natural para quien es Contratado Doctor
(personal laboral) es optar a ser Profesor Titular (Funcionario). La última vez
que miré los baremos (cuando lo pedí me lo denegaron) me dijeron que uno de los
criterios para ser profesor titular de universidad era “haber demostrado capacidad de liderar equipos de investigación”.
Sí, ya que habrá quien me dirá que Juanito o Pepito ha conseguido la
acreditación y no tiene más capacidad de liderazgo que yo. Pero yo es que cada
vez que mencionan el tema me acuerdo de mi cuñado, que creo que no terminó el
COU, pero como tiene capacidad de liderazgo se hizo comercial y hoy en día es
delegado provincial de una importante marca de pinturas. Si yo hubiera tenido “capacidad
de liderazgo” no me hubiera metido en la carrera académica, me habría hecho
comercial.
Otro de los criterios para
hacerse “profesor titular” es tener acreditados sexenios de investigación, es
decir, seis años seguidos de realizar “aportaciones significativas al
conocimiento científico”. Pues no, yo no hago “aportaciones novedosas al
conocimiento científico”, no, yo no creo que tenga capacidades para hacer
contribuciones novedosas al conocimiento científico. En primer lugar, porque
dudo mucho de que buena parte de lo que hacemos en Ciencias Sociales se pueda
considerar un conocimiento acumulativo en el sentido que tiene en las disciplinas
en que tiene sentido hablar de ello. Recientemente he estado siguiendo en una
conocida plataforma dos series de Bettany Hughes: “Genius of the Modern World”
y “Genius of the Ancient World”. Se
trata de una producción de la BBC (creo que en colaboración para la Open University)
en que la historiadora pone en contexto histórico y cultural la obra de
pensadores que han contribuido a dar forma al mundo en que ahora vivimos: Marx,
Nietzsche, Freud, Sócrates, Buda, Confucio. Aunque Marx lo intentó, Nietzsche
fue un académico y Freud tuvo relaciones con la academia, el impacto que todos
esos pensadores tuvieron en el mundo sea como ahora es no pasó por la publicación
en revistas de impacto. De hecho, Sócrates, que es a menudo considerado el
fundador del pensamiento occidental que en gran medida ha dado forma al mundo
tal y como hoy es, desconfiaba de la palabra escrita pues decía que fosilizaba
el pensamiento, y lo que nos ha llegado de sus ideas ha sido a través de discípulos
como Platón.
¿Por qué las redes y el mundo
académico nos hacen (o nos pueden) hacer infelices? Viendo la serie de Bettany Hughes
experimenté algo parecido a lo que sentí leyendo “La era del capitalismo de
vigilancia”, que por cierto descubrí a partir de un vídeo que me pasó una
alumna: “Ya sé lo que quiero ser de mayor”.
No se me ocurrió llamar a mis padres para decírselo, porque a mi edad se habrían
reído de mí, pero es eso lo que pensé. ¿Yo crear conocimiento nuevo? Yo me
apunté a la universidad porque me apasiona aprender. En la serie de Sócrates
conocí la versión en inglesa de una expresión que conocía en español pero que
cambió por completo lo que yo creía saber. Allí se dijo que lo decía Sócrates,
en relación al oráculo de Delfos que había dicho que él era la persona más
sabia era que si podía admitir que había algo de verdad en esa frase era tan sólo
porque “I don’t pretend to know what I
don’t know”. Que lejos estamos en la academia actual de aquella inicial
academia, porque parece que para progresar en la academia actual importa más lo
que tú “pretend to know” que lo “acknowledge that I don’t know”.
Si yo me aparto de las redes, y
el mundo académico funciona en la actualidad como una red, puedo ser
razonablemente feliz. No tengo que pretender saber más que nadie, esforzarme
porque se reconozca que mi contribución merece más ser publicada que la de
otros, o, en general, entrar en disputas acerca de quién la tiene más grande (la
lista de citas, la de publicaciones, o ambas). Sencillamente, me puedo
contentar con transmitir mi pasión por aprender, y con ello puedo ser útil a
mucha gente. Aunque yo pensaba que el verbo que más debería de importar en la
academia es “aprender” (y no importa tanto lo que sepas) la sensación que yo
tengo es que lo que más importa es “saber” (y no importa tanto lo que puedas
aprender, o contribuir a aprender). En último término, la séptima razón que da Lanier
para abandonar las redes, la de que nos hacen infelices, remite a una idea de Sartre
(el infierno son los otros) que Taleb desarrolla en su aplicación a las
profesiones en la actualidad.
Las profesiones más proclives a
la felicidad son aquellas en las que tu “éxito” no se mide a través de la
evaluación por pares, sino de la evaluación de los “impares”. Un restaurante no
es mejor o peor porque los dueños de otros restaurantes lo digan, sino porque
convence a los “impares” (los clientes) de que acudan a él. A lo largo de toda
la historia de la humanidad, muy pocas de las mentes pensantes que han
contribuido con sus ideas a dar forma al mundo que hoy habitamos tuvieron una
evaluación positiva de sus pares. De los anteriormente mencionados, quizá tan sólo
en parte Freud tuvo éxito en vida; pero desde la música a la Sociología, desde Beethoven
o Mozart a Weber, son más las grandes mentes de la humanidad que fueron
incomprendidas que las que recibieron las alabanzas de sus pares. Si hubieran
estado pendientes de los comentarios en Facebool, o de los “likes” de aprobación
que en el mundo académico son las citas, quizá no habría desarrollado sus obras.
Decía Shakespeare que es curiosa la época en que unos necios conducen a unos
ciegos. Más curiosa es esta época en que pretendemos que las ideas que han de
cambiar el mundo sean recibidas con aplausos.
Las redes, y el mundo académico, nos
pueden hacer infelices si nos preocupa el qué dirán (o si nuestro sueldo
depende de ello). Pero también es verdad que, cuando podemos distanciarnos de
ello, también pueden ser un excelente mecanismo para compartir ideas. Lo cual,
para quienes pensamos que lo importante es aprender, más que saber (o presumir
de saber), se acerca bastante a la felicidad
[1] Estanco”,
en algunas traducciones, y firmado por Álvaro de Campos, uno de los heterónimos
de Pessoa.
[2]
Una buena ilustración de éstas
es la obra del novelista británico, David Lodge. En realidad, la campus novel,
la novela ambientada en el campus es un subgénero que en lengua inglesa ha sido
bastante prolífico, y que tiene ya cierta antigüedad. En español podría citarse
como ejemplo la novela de Julián Marías “Todas las almas”, si bien por su
ambientación (en Oxford) y los personajes que aparecen podría considerarse una
novela “inglesa” escrita en español.
[3] Y Google
Maps, Android y demás.
[4] Son en
la actualidad, junto con Microsoft, Apple y Amazon las compañías con mayor
capitalización bursátil “del mundo mundial”.
[5] Sin
abandonar el ámbito anglosajón basta pensar en el mundo que se retrataba en la
película “El club de los poetas muertos“(Dead Poets’ Society) y en el trasfondo
de la historia que ahí se contaba para ver cuánto hemos cambiado en tan poco
tiempo. La moraleja que se transmite en esa historia es que el que los
profesores animen a los jóvenes a perseguir sus pasiones es un pecado que se
acaba pagando con la muerte de los jóvenes que persiguen sus sueños y con la
desgracia de los profesores que animan a ello. Lo que los profesores han de
hacer es animar a los jóvenes a perseguir los valores de su sociedad, y en
ningún momento pararse a reflexionar sobre si sería bueno cambiar esos valores.
Y, repito que sin salir para nada del ámbito de la universidad anglosajona que
hoy en día hemos asumido de manera acrítica como el único modelo a seguir, la
imposición de los ránkings ha hecho que en 50 años ésta haya pasado de un
modelo centrado en la educación liberal (puede buscarse en Internet el concepto
de liberal education), en que el estudio de los clásicos era fundamental en la
medida en que ayudaban a comprender la naturaleza humana, a una educación en
que lo único que cuenta son las métricas y las citas.
[6] En su
libro “How professors think” (creo que existe una versión en español) Michelle
Lamont, desde “dentro de la bestia” (profesora franco- canadiense casado con
profesor de Harvard) trata justamente de estas cuestiones.
[7] Aunque
Lanier trata de forma muy sucinta esta cuestión, ésta está mucho más
desarrollada en la de Shosana Zuboff, “La era del capitalismo de vigilancia”.
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